Monday, August 13, 2007

Algo que escribi....

SUEÑOS SOBRE UNA HAMACA


Hoy me encuentro acostado en aquella hamaca, tratando de analizar si todo fue verdad, o simplemente un sueño más. Oigo el sonido del amanecer, de las hojas de los árboles que indican la llegada de los vientos, el llamado habitual del gallo de la vecina, y lejos, pero muy claro, puedo sentir la respiración de aquella mujer. Me la imagino a ella, dormida en su cama de sabanas blancas, su pelo suelto cubriendo la almohada y sus manos escondiéndose en ella. La recuerdo como si estuviera ahí, acostado a su lado, oliendo su fresca piel, el perfume que siempre logró seducirme. Un olor tan puro como el de esta mañana.

Sin darme cuenta, las horas transcurren y el calor del día se vuelve cada vez más irresistible. Siento como mi cuerpo se va acalorando a medida que se asoma el sol. El sudor va cayendo sobre mi cara, y desaparece a medida que me balanceo con la hamaca. Sigo pensando. Mi cabeza se llena de pensamientos, recuerdos, momentos inolvidables. Pienso en ella. Quiero llegar a ese día en que mi vida cambió –el día que la conocí. Ya han pasado más de 5 meses y aún tengo presente su mirada. La primera vez que sus ojos se pusieron sobre mí. Era una mirada tierna y a la vez tímida. Desde ese instante me impactó la belleza de su cara, quedé paralizado por unos segundos. No sé de donde saqué fuerzas para acercarme a ella. Pero sentía que tenía que hacerlo. Algo me decía que mi vida iba a ser otra al conocerla.

-¿Por qué te quedas mirándome? –Me dijo.
Sin palabras, me sonrojé y lo primero que se me ocurrió fue invitarla a tomar una gaseosa. Seguramente si no hubiera sido por los más de treinta grados de temperatura, ella no hubiera aceptado la gaseosa.
-¿Cómo te llamas? –Le pregunté.
-Matilde.
-¿Y eres de esta región? –seguí preguntándole.
-No, llegué hace dos días. Vengo de la región del Norte.
A penas terminó de decir esas palabras, se terminó su gaseosa, se paró de la mesa, me dio las gracias y se fue caminando.

Recuerdo que ese día se celebraba el día de Nuestra Señora de Guadalupe, y como es costumbre en el pueblo, la gente se reúne en la plaza central luego de la santa misa, para tomar y festejar. Por esa razón, me preparé mentalmente para buscarla por la noche. Sabía su nombre, grabé su mirada, percibía el olor fresco de su piel. Estaba emocionado. Tenía la seguridad de volverla a ver, de volver a hablar con ella, conocerla, admirarla.

El calor del día se desvaneció con la llegada de la noche. A la salida da la misa, se oyó la pólvora que anunciaba el inicio de la fiesta. Mi corazón latía cada vez más rápido esperando el gran encuentro. Las familias estaban todas reunidas. Los niños jugaban en el parque y corrían entre las personas. Se olía a mazorca, a arepa y chorizo, a cerveza y aguardiente. Sonaban vallenatos, merengues, porros y hasta cumbias. Yo seguía caminando, mientras me tomaba una pola. La buscaba en cada rincón, en los asientos del parque, a la entrada de la iglesia. No la veía. Las manos me sudaban, me tomé otra cerveza. Me senté un rato, y veía a la gente pasar, divirtiéndose, bailaban y se reían.

De repente, se oyó un tiro, y en seguida otros dos. Me desperté. Seguía en aquella hamaca acostado. Traté de pararme pero estaba mareado, me sentí mal por un momento. Abrí bien los ojos y vi que una de las balas había atravesado mi pecho. Estaba sangrando, pedí ayuda, pero la voz no me salía. Mi mente se nubló, el dolor era cada vez más fuerte, cada respiro se hacia más difícil. Mis ojos se cerraron y por mi mente pasaron muchas cosas de mi vida, de mi niñez, mi mamá, mis abuelos. Todo se puso blanco, inesperadamente, la vi. Era Matilde en medio de la multitud. Sentía que estaba llegando a mi final, pero estaba tranquilo, la veía a ella. De un momento a otro deje de respirar, se paró mi pulso, y había entendido que estaba muerto. Sin vida, pero sentí paz. Estaba con ella.